La especulación de los tulipanes


Holanda se libera del yugo español en una guerra que se inicia durante el siglo XVI y que se extiende hasta bien entrado el siglo XVII. Este pequeño territorio junto al Mar del Norte era esencial para la economía belicista española. Holanda era a principios del siglo XVII la mayor potencia comercial, naval e incluso industrial. Los navíos holandeses gobernaban los mares y abrían paso al colonialismo holandés en lugares tan remotos como América del Norte o la actual Indonesia. Holanda era sin duda el país más rico de Europa, pese a su pequeño peso demográfico y territorial.
En aquella época, a principios del siglo XVII, en que el dinero circulaba a raudales por las provincias holandesas, se extendía el interés por el buen gusto, así como por el juego y las finanzas. Las ciudades holandesas disponían de importantes mercados de valores y de todo tipo de bienes exóticos, importados de todo el mundo. En aquellos mercados, ya muy consolidados, se jugaba a (se especulaba con) futuros, seguros, el valor de expediciones ultramarinas, etc., etc. El juego, disfrazado en forma de especulación bursátil, era el deporte nacional. Y esta especulación no se limitaba solamente a los capitales holandeses, sino que gran parte de la riqueza mobiliaria de todas las naciones europeas acudían a las bolsas holandesas, que se hallaban en plena ebullición.
En este contexto se produce un fenómeno económico que muchos libros de historia económica reseñan como el triunfo de la irracionalidad sobre el sentido común en la economía. Se trata del episodio conocido como la especulación de los tulipanes.
A mediados del siglo XVI, y procedente de Turquía, se introducen en Europa los tulipanes, cuyo nombre proviene de la palabra turca tulip, que significa turbante. En poco tiempo esta flor se convierte en un signo de distinción entre la rica nobleza y burguesía centroeuropea, especialmente en Holanda y Alemania. Ricos comerciantes de Amsterdam empiezan a pagar sumas fabulosas por las importaciones de bulbos procedentes de Turquía, con lo que el producto empieza a subir espectacularmente de precio. Siempre había quien adornase su casa con estas flores, estando dispuesto a pagar sumas astronómicas por una flor que otros pura y simplemente no podían pagar. El bulbo era el símbolo de la distinción y del poder económico. En torno al comercio de los tulipanes se fue creando una floreciente industria que descansaba sobre el hecho de que cada vez más y más recursos se dedicaban a este producto mientras su demanda se hacía más y más grande. Había mucho dinero que gastar, y muchas ganas de mostrar el poder económico, y las flores eran el medio ideal para mostrar la ostentosidad.
Este proceso duraría años y años. En 1634 el ansia de poseer y de mostrar tulipanes era tan grande que Holanda prácticamente se hallaba a merced de los bulbos. Las actividades económicas usuales eran abandonadas por la posesión de estas flores, e incluso los más pobres se embarcaban en la especulación con los tulipanes. En 1635 se invertían fortunas considerables en la adquisición de raíces de estas flores.
Los precios de las especies raras de tulipanes eran tan altos que superaban a los de cualquier otro bien de consumo en la época. La especulación con los bulbos era tan considerable que se trataba de una especie de juego nacional. Muchísimos extranjeros llevaron sus capitales a esta gran pirámide monetaria. De este modo quien entraba en el juego de los tulipanes, al poco tiempo se hacía inmensamente rico mientras el precio de los tulipanes crecía y crecía y entraba en el mercado más y más dinero. Todos pensaban que la furia por los tulipanes sería eterna, y que haría rico a todo el mundo. Quienes no entraban en la especulación eran tontos. Todo el mundo invertía en tulipanes. Las casas se ofrecían como forma de pago a cambio de tulipanes. El dinero fluía de toda Europa hacia Holanda. Se desarrollaron normas de comercio especiales para los tulipanes, y los notarios y contables trabajaban casi en exclusiva para este comercio. Donde no había bolsas organizadas de comercio, se comerciaba en las tabernas o en la calle.
Sin embargo, conforme crecía el precio de los tulipanes, empezaba a desarrollarse una tendencia contraria. Poco a poco nadie ponía ya tulipanes en los jardines, porque era mucho más rentable venderlos para comprar nuevamente tulipanes. Y algunos empezaron a darse cuenta de que la locura no podía durar eternamente. Cuando esto ocurrió, los precios se desplomaron en muy poco tiempo, y jamás volvieron a subir. Entonces miles de personas se habían arruinado. Lo habían vendido todo para comprar bulbos de flores. Surgieron enormes pleitos entre compradores y vendedores, porque las ventas a futuro jamás se cobraron, mientras que los vendedores tenían que pagar a sus proveedores, a los cuales tampoco pagaron. Muchos acabaron en la prisión, por deudas, a causa de este comercio.
Y al final los tulipanes pasaron a ser lo que son: una bella flor que adorna los jardines de las casas. Nada más.




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